¿Hasta cuándo lo del cambio de hora?

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Pablo J. López Soto, Universidad de Córdoba; Francisco José Rodriguez Cortés, Universidad de Córdoba; Jorge E. Jiménez Hornero, Universidad de Córdoba y Miguel Meira e Cruz, Universidade de Lisboa

Históricamente, los estados miembros de la Unión Europea introdujeron el cambio de hora por diversas razones. Alemania y Francia fueron los pioneros en adoptar estas transiciones horarias durante la Primera Guerra Mundial con el propósito de ahorrar carbón, principalmente destinado a producir electricidad.

Sin embargo, la primera adopción del cambio bianual de hora actual (conocido como Daylight Saving Time, DST) tuvo lugar en Italia, en 1966. En España, la introducción del horario de verano se produjo en 1974, y en otro país mediterráneo, Grecia, tres años más tarde.

Un cambio impuesto por ley

La primera legislación europea para unificar los calendarios en el mercado único se estableció en 1980. Pero no fue hasta 2011, mediante la Directiva 2000/84/CE (aún en vigor), cuando se obligó a todos los estados de la UE a comenzar el período de la hora de verano el último domingo de marzo y a volver a su hora oficial (la de invierno) el último domingo de octubre.

No era una decisión exenta de polémica: el 8 de febrero de 2018, el Parlamento Europeo aprobó una resolución, promovida por una iniciativa popular, que hacía un llamamiento tanto a la Comisión Europea como a la comunidad científica para llevar a cabo una exhaustiva evaluación del DST.

De hecho, el 12 de septiembre de ese mismo año se presentó una propuesta de la Directiva del Parlamento Europeo y del Consejo para eliminar los cambios de hora estacionales y derogar la Directiva 2000/84/CE. El documento incluía datos sobre el impacto en el mercado interior, la energía, la seguridad vial, la agricultura y la salud. En relación con esta última, se señalaba que algunas investigaciones sugerían efectos positivos relacionados con un aumento de las actividades al aire libre durante el horario de verano.

Sin embargo, la propuesta también menciona que, según los estudios cronobiológicos, el impacto en los ritmos circadianos humanos podría ser más significativo de lo que se pensaba: ciertos cronotipos (predisposición natural a tener más energía o ser más productivo en ciertos momentos del día) requerían varias semanas de adaptación al cambio de hora de primavera.

A la postre, el informe indicaba que los datos sobre el impacto general en la salud aún no son concluyentes.

Otro momento clave tuvo lugar el 26 de marzo de 2019, cuando el Parlamento Europeo finalmente votó aprobar una resolución legislativa que suprimía los cambios bianuales y derogaba la Directiva 2000/84/CE. No obstante, en la primera lectura del texto se indicaba que “la fecha para la supresión se posponía de 2019 a 2021”.

También se señalaba el último domingo de marzo de 2021 “como fecha de cambio de hora previsto para los estados miembros de la UE que deseen mantener el horario de verano. Los que prefieran conservar la hora estándar, es decir, el horario de invierno, podrán cambiar su hora por última vez el último domingo de octubre de 2021. Los estados miembros deberán notificar su decisión a la Comisión a más tardar el 1 de abril de 2020”.

Por último, en la resolución puede leerse que “la decisión sobre el huso horario que debe aplicarse en cada estado miembro debe ir precedida de consultas y estudios que tengan en cuenta las preferencias de los ciudadanos, las variaciones geográficas, las diferencias regionales, los acuerdos laborales estándar y otros factores pertinentes. Por consiguiente, los estados miembros deben disponer de tiempo suficiente para analizar el impacto de la propuesta y elegir la solución más ventajosa para su población, teniendo en cuenta al mismo tiempo el buen funcionamiento del mercado interior”.

A día de hoy, los integrantes de la UE no han alcanzado una posición común y, por consiguiente, la normativa aún no se ha actualizado. Esto da un margen de tiempo a la investigación para que los responsables puedan tomar una decisión tan importante con conocimiento de causa.

¿Y qué dice la evidencia científica?

Según los estudios realizados hasta la fecha, las transiciones dentro y fuera del horario de verano o DST pueden alterar los ritmos circadianos, provocando trastornos y privación del sueño. Además, varios trabajos asocian el DST con el infarto agudo de miocardio y el accidente cerebrovascular, sobre todo después del cambio de primavera.

Recientemente, nuestro grupo de investigación ha publicado un trabajo en la revista Angiology analizando si las transiciones hacia (2 semanas antes del cambio) y desde (2 semanas después del cambio) el DST provocaban un aumento de la incidencia de ingresos hospitalarios por eventos cardiovasculares agudos graves. Concretamente, analizamos los datos relativos 157 221 registros de admisiones por estas patologías en los hospitales públicos de Andalucía durante un periodo de once años (2009-2019).

Nuestros hallazgos mostraban un aumento significativo de los ingresos por infarto agudo de miocardio y síndrome coronario agudo en los días anteriores y posteriores al cambio horario que tiene lugar en otoño. Además, también observamos diferentes patrones de admisión durante esos días para hombres y mujeres.

Curiosamente, estos hallazgos no concuerdan con la mayoría de los estudios previos, que informan de un aumento de los ingresos hospitalarios por infarto agudo de miocardio tras el cambio de primavera. Debemos tener en cuenta que nuestra investigación se ha realizado en Andalucía, región caracterizada por un clima mediterráneo cálido, muchas horas de sol al año y una discrepancia significativa entre la hora solar y la hora oficial, especialmente en las zonas más occidentales.

Las peculiaridades de la zona y la latitud pueden explicar tales diferencias. Y al menos que nosotros sepamos, no disponemos de estudios realizados en esta misma latitud.

Los datos de la investigación sugieren que la tendencia hacia un cronotipo vespertino de la población (es decir, cuando las personas desarrollan actividades en las horas finales del día), con mayor ingesta de calorías por la noche y asociado a un estilo de vida más sedentario, podrían actuar como factores de riesgo.

Hacen falta más investigaciones

Parece evidente la necesidad de emprender más estudios en esta y otras zonas geográficas que indaguen sobre los comportamientos tradicionalmente asociados a tales localizaciones (cultura y condiciones ambientales). Factores como los hábitos de sueño, el horario de las comidas o el tipo de dieta han demostrado tener un efecto sobre la salud cardiometabólica.

Aunque en España ya disponemos del calendario del período de la hora de verano hasta 2026, aún estamos a tiempo de aportar evidencias sobre algo que afecta tan directamente a nuestra salud.

Pablo J. López Soto, Profesor Titular de Universidad en la Universidad de Córdoba. Investigador Responsable GC-31 del Insitituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (IMIBIC), Universidad de Córdoba; Francisco José Rodriguez Cortés, Investigador Predoctoral en Biomedicina, Universidad de Córdoba; Jorge E. Jiménez Hornero, Profesor de Ingeniería de Sistemas y Automática, Universidad de Córdoba y Miguel Meira e Cruz, Diretor da Unidade de Sono do Centro Cardiovascular da Universidade de Lisboa, Faculdade de Medicina de Lisboa, Universidade de Lisboa

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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