¿Por qué está de moda la ficción criminal española?

El hecho de que la acción de su policiaca trilogía del Baztán tenga lugar en una pequeña comunidad del pirineo navarro supuso que varios editores la estimaran demasiado localista.

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Hovik Keuchkerian y Vicky Luengo en un fotograma de la adaptación de ‘Reina roja’, novela de misterio de Juan Gómez-Jurado | FilmAffinity / Prime Video

Emilio L. Ramón García, Universidad Católica de Valencia

Mucho se ha andado desde que, a mediados de los años cincuenta, el escritor y político Rafael Tasis adaptara (y adoptara) en su literatura numerosos estereotipos de los personajes de la narrativa policiaca norteamericana de los años treinta.

La tradición continuó con Manuel de Pedrolo en la década posterior y propiciaría el auge de autores como Jaume Fuster, Juan Madrid, Andreu Martín, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Juan Benet en los años setenta.

Durante décadas las obras escritas en España partían de las convenciones y fórmulas de la ficción hard-boiled estadounidense, el más truculento de los subgéneros de la novela negra. Pero las novelas españolas no eran una simple copia: se centraban tanto en proporcionar una mirada irónica y triste de la sociedad que llegaban a dejar los crímenes investigados en segundo plano. Y una de sus localizaciones favoritas era la ciudad de Barcelona.

Desde entonces se han diversificado los argumentos, las maneras de abordarlos y los lugares del crimen, desde grandes ciudades a zonas rurales. Y el número de autores españoles que se leen fuera de nuestras fronteras sigue creciendo. Para hacernos una idea de algunas de las cosas que han hecho esto posible podemos mirar a tres de los autores más reconocidos internacionalmente.

Pérez-Reverte y la mezcla de maestros

Arturo Pérez-Reverte, traducido a más de 40 idiomas, cuenta con numerosas obras versionadas en la gran pantalla, desde The Man from Rome –basada en la novela La piel del tambor– hasta La novena puerta –adaptación de El Club Dumas–, dirigida por Roman Polanski.

Pérez-Reverte siempre ha mostrado su predilección por escritores como Alejandro Dumas, Joseph Conrad, John Dos Passos, Agatha Christie, William Somerset Maugham y John Le Carré. Su primera incursión en el mundo del misterio y del crimen la realizó en su segunda novela, El maestro de esgrima (1988), al estilo de uno de los maestros del crimen internacional, Eric Ambler. En ella, el protagonista se ve envuelto en una situación detectivesca contra su voluntad y sale airoso.

Desde entonces, su novelística está llena de personajes que viven al filo, al estilo de Somerset Maugham, en donde no hay ni héroes totalmente buenos ni malos puros, como ocurre en las novelas de Noel Behn, Ambler o Le Carré.

Un hombre con traje se sienta delante de una mesa y lee detenidamente unas cartas.
Johnny Deep en La novena puerta, la adaptación que Roman Polanski hizo de la novela de Arturo Pérez-Reverte El club Dumas. FilmAffinity

Cuando se introduce en el mundo del espionaje profesional, su protagonista, Lorenzo Falcó, es cínico y no actúa siempre según las reglas. Como hacen los espías del británico Len Deighton, Falcó prefiere jugarse el cuello en una misión a estar en la central de inteligencia, donde los enemigos son más difíciles de distinguir. Proclive a la obsesión, el personaje, al igual que Le Carré, compara el espionaje con una partida de ajedrez. Sabe, como los protagonistas de Ambler, que el peligro puede provenir del Estado para el que trabaja o de las personas de apariencia fina y educada.

Estas y otras características de Pérez-Reverte, que se hacen eco de las grandes firmas del crimen internacional, ayudan a la internacionalización de sus novelas.

Lo local es universal, según Dolores Redondo

En el caso de Dolores Redondo, la clave estaría en alejarse de la tradición inmediata y fijarse en los orígenes de la ficción criminal, en tiempos del Imperio romano. En efecto, el género ha contado a lo largo de los siglos con cierta intervención divina o sobrenatural hasta, prácticamente, el comienzo del siglo XX, dando lugar a una confluencia de lo gótico y lo criminal.

El hecho de que la acción de su policiaca trilogía del Baztán tenga lugar en una pequeña comunidad del pirineo navarro supuso que varios editores la estimaran demasiado localista. Curiosamente, esta recreación de la sociedad matriarcal vasco-navarra ha sido uno de sus mayores atractivos para los lectores.

Una mujer policía desciende por una cuesta en el bosque seguida de otros compañeros.
Marta Etura como Amaia Salazar en la adaptación al cine de El guardián invisible, primera entrega de la Trilogía del Baztán de Dolores Redondo. FilmAffinity

Para introducirnos en esa atmósfera peculiar, la inspectora Amaia Salazar sirve no solo para resolver los misterios y restablecer la tranquilidad en el valle del Baztán, sino para ejercer de mediadora entre el lector y un mundo en el que la mitología sigue estando presente. Su figura guarda también relación con la tradición iniciada por L. T. Meade, pionera en introducir el discurso científico en la ficción criminal a finales del siglo XIX. De hecho, Salazar hace gala de un impresionante currículo en el que se incluyen estancias con el FBI en Quantico y en Nueva Orleans.

Pese a la vinculación estadounidense, Redondo se distancia de las series norteamericanas en las que se resuelven casos con gran celeridad y en las que los investigadores se intercambian notas e informes por encima de un cadáver que, en el mejor de los casos, no deja de desprender gases y olores nauseabundos.

El trabajo de Amaia Salazar, al contrario que el de muchos de los detectives solitarios masculinos, se apoya en su equipo. Así se ve también en La cara norte del corazón, en la que se conocen los orígenes de la inspectora al tiempo que Redondo adentra al lector en los mundos del vudú y del hoodoo.

Su gran recepción se remató con las versiones cinematográficas de la Trilogía del Baztán, mientras que La cara norte del corazón, por su parte, será adaptada para una serie de televisión estadounidense.

Todo es cinematográfico para Gómez-Jurado

Juan Gómez-Jurado, uno de los autores más leídos en castellano y autor de Reina roja, ha colaborado en la adaptación de esta novela para la pequeña pantalla. La serie se beneficia del hecho de que las novelas tengan un ritmo y un estilo muy cinematográficos.

Contrapicado de una mujer joven y un hombre detrás de ella que empuña un arma.
Vicky Luengo y Hovik Keuchkerian como Antonia Scott y Jon, protagonistas de Reina roja. FilmAffinity/Prime Video

En el libro, esto se aprecia en los capítulos cortos titulados a modo de storyboard: “Un encargo”, “Un flashback”, “Un baile”… Pero, sobre todo, se ve en las referencias a diversas series y películas. De La naranja mecánica, por ejemplo, toma parcialmente el experimento de obligar a alguien a mirar una pantalla y reproducir un carrusel de imágenes entre las que se inserta material gráfico extremadamente violento. Se ríe de CSI: Las Vegas al comentar que un software de medio billón de euros que usan en la novela apareciese hace tiempo en la serie cuando la tecnología estaba a lustros de ser viable.

También menciona al director de cine John Carpenter, famoso, entre otras cosas, por su actualización de la fórmula popularizada por Howard Hawks de mostrar a grupo pequeño de gente cercada por un número considerable de enemigos. Gómez-Jurado recupera el referente situando el asedio en una cabaña en el bosque de Rascafría.

Pero su estilo también presenta similitudes con autores como Pérez-Reverte, Michael Connelly –creador del detective Harry Bosch, también con serie propia–, Patricia Highsmith –y su talentoso asesino Tom Ripley–, Sara Paretsky –cuya brillante detective Warshawski afirma seguir el método de Sherlock Holmes– y, por supuesto, con el personaje creado por Arthur Conan Doyle y con su némesis, Moriarty.

La clave en estos tres casos radica, por tanto, en una combinación de fórmulas que han demostrado una gran recepción por parte del público a nivel mundial con elementos fácilmente reconocibles de la cultura española. Estos detalles precisos y locales contribuyen, junto a todo lo demás, a recrear la experiencia humana. Y esto, a fin de cuentas, es lo que importa.

Emilio L. Ramón García, Profesor de Literatura, Universidad Católica de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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