No es nacionalismo. Es corrupción

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En La sociedad del espectáculo el filósofo posmarxista Guy Debord acertó de lleno al describir allá por 1967 una sociedad occidental irreal, prisionera de un consumismo capitalista que devora la realidad. Una vez ingerida, los medios nos devuelven esa realidad en formato producto de consumo, que se nos revende mediante el marketing y la publicidad. Debord murió en los noventa, así que no pudo ver el último eslabón del engranaje: las redes sociales.

Poco después de escribir el libro que le daría la fama, Debord huyó de París, que según él encarnaba ya esa monstruosa ‘sociedad del espectáculo’. Pasó largas temporadas en Italia y en España, donde vivió en Sevilla y en Barcelona. Al parecer admiraba la trayectoria histórica de Cataluña, pero sus periplos europeos fueron ante todo un dolce far niente contemplativo y gastronómico. Sin embargo, la primera frase de La sociedad del espectáculo bien podría haberse referido al nacionalismo catalán. Cito de memoria, pero venía a ser algo así: «Toda la vida de las sociedades modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos».

El nacionalismo como espectáculo listo para consumir

¿Acaso no podríamos decir que el referéndum catalán de 2017 y la manipulación mediática posterior, nacional e internacional, fue una inmensa acumulación de espectáculos digna de otro ensayo de Guy Debord titulado La sociedad catalana del espectáculo? Recordemos que los medios extranjeros pasaron un par de años cubriendo el asunto prácticamente a diario. Pese a constatarse que el supuesto referéndum no empleó un censo electoral, que no tuvo un sistema de interventores y que cientos de personas votaron más de una vez, la prensa occidental optó casi unánimemente por ponerse del lado del pueblo catalán ‘oprimido’.

La píldora de la región rebelde tiranizada por un país despótico tiene una aureola mediática difícil de rechazar. Desde The Economist hasta Wahington Post, pasando por Foreign Affairs, Politico y The New York Times, la prensa internacional ha venido publicando editoriales, tribunas, columnas, posts y tuits sobre los desdichados catalanes. No es baladí el hecho de que nuestros presidentes hayan pasado décadas sentados solos en las cumbres de Bruselas, sin lograr decir «Buenos días. ¿Qué tal?» en ningún idioma extranjero. En cambio, la red de propaganda catalana habla un inglés fluido, que les permite colocar la versión sesgada de turno a un mundo internacional esencialmente angloparlante. Como ha escrito en una tribuna reciente el historiador Carlos Conde «En el ámbito del relato académico en lengua inglesa, el independentismo coloca sus mensajes sin dificultades».

¿Quién financia el nacionalismo catalán?

Hemos leído exuberantes piezas periodísticas sobre la crueldad de un país agreste y montaraz que no concede a la región la libertad merecida; sobre la inclemencia de unos poderes políticos que exacerban las nobles ansias secesionistas del pueblo catalán; sobre la ausencia de un debate público como el que permitió en Escocia y Quebec revertir el proceso independentista tras sendos referéndums. Pero ni buscando con lupa se encuentra en estas piezas un comentario sobre la corrupción de la cúpula independentista catalana encabezada por Jordi Pujol, cuyas escabrosas finanzas habrían sido castigadas con duras sanciones económicas y penas de cárcel en los países a los que pertenecen los citados medios.

No es nacionalismo. Es corrupción

Los reporteros estadounidenses que cubren España suelen alinearse con los secesionistas catalanes. Cuando regresan a su país tras la etapa de corresponsalía olvidan por completo la existencia del nacionalismo, tema que ni siquiera sale en las noticias de Estados Unidos. Existen brotes secesionistas en Alaska, Texas, Hawái y Vermont, por citar algunos. Destacan el California National Party (CNP) y Yes California (Calexit), cuya relevancia procede de que California tiene 40 millones de habitantes y es la quinta economía mundial.

¿Y por qué esos periodistas estadounidenses que en España dicen ser catalanistas no son defensores de la secesión californiana en su país? ¿Hay otros mundos, aunque estén en este? Pues eso parece. Porque el sistema político estadounidense está blindado contra la entrada de antisistemas en su seno. Además, en Estados Unidos no hay ni un solo medio de comunicación contando todos los días que California es una región maltratada por el gobierno. Y resulta que en EEUU el nacionalismo no lo han ‘glamurizado’ los líderes políticos y la prensa durante cincuenta años. Por si todo esto fuera poco, los proyectos nacionalistas no reciben un solo dólar de financiación pública. Son anticonstitucionales. En caso de llegarse a producir una transacción semejante, se consideraría corrupción política. Sí. Eso que en España nadie llama al nacionalismo. Y va siendo hora de decirlo. El catalanismo no es una aguerrida lucha por la libertad. Es corrupción.

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