Una mujer abraza a Laura Borràs en el homenaje a las víctimas del terrorismo del 17A | EFE

Ni olvido ni respeto

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Cinco años después Las Ramblas de Barcelona vuelven a vibrar. Vuelven a llenarse a turistas. De personas que se levantan para ir a trabajar. Pero también de personas que boicotean el acto de homenaje a las víctimas del 17A y culpan al Estado de los atentados terroristas de Barcelona y Cambrils.

El hecho de que un grupo de populistas aprovecharan la presencia de los medios para reclamar lo que llevan años exigiendo, la independencia, es de tener muy poca vergüenza. No solo por jugar con los sentimientos de las familias, si no que vengan con unos panfletos absurdos.

En realidad, todo esto se trata de una manipulación que llevan años preparando, y por eso acusan a España de ser los impulsores de los atentados terroristas, cuando en realidad saben perfectamente, que no se trata de ideología política, sino de la mentira.

En el año 2017 no solo los atentados fueron el punto central de todos los españoles, también el golpe de Estado que Puigdemont con sus secuaces planearon y por lo que acabaron en prisión (algunos, otros huyeron como ratas del ‘Estado opresor’). Demagogia barata, planeada y enturbiada por tres chisgarabís sin escrúpulos ni vergüenza.

Gritos e insultos se escucharon en el minuto de silencio. Un señor salido de lo más profundo del odio se encara con las familias de las víctimas y con los asistentes al acto. Poco después, sale a la luz su afinidad con Puigdemont (Junts) y con Pilar Rahola, en ese caso, tocando la guitarra para exigir la libertad de ‘El Fugado’. El aburrimiento es el problema de lo que ocurrió ayer (aparte del odio y la cobardía), aunque si lo que quería era divertirse y dar por culo, podría haber cogido la guitarra y haberse ido al metro.

Si por un lado tenemos a este señor, a Rahola, a Puigdemont, luego tenemos a Laura Borràs, esa que está siendo investigada por delitos gravísimos, como es la de falsedad documental y prevaricación, que con todo su morro, se acercó a abrazar y dar la mano a los facciosos entre gritos de «presidenta, presidenta».

La bestia se sigue alimentando, y el PSC es cómplice. Habría que condenar judicialmente a este tipos de personas, que no se merecen otra cosa que acabar en prisión por desorden público y con una multa. Si el Gobierno tuviera las narices de enfrentarse a esta gente, en España no se permitiría quemar banderas, poner lazos amarillos, desobedecer las sentencias de los tribunales ni crear campañas contra el Estado.

La pregunta es, ¿qué será de los españoles que viven en Cataluña si esto sigue a peor? ¿Acabarán las teorías de las conspiración siendo realidad? ¿La próxima guerra civil serán contra estos misántropos españoles?

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