Esta España viva, esta España muerta

"Los constantes escándalos, la corrupción y los debates estériles que muchas veces vemos en los medios ya no producen indignación en la ciudadanía, sino hartazgo"

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Las últimas elecciones generales han puesto a España patas arriba. Después de meses en los que todos dábamos por hecho un gobierno de derechas, hemos visto cómo Pedro Sánchez ha logrado nuevamente salir a flote cuando todo indicaba que estaba políticamente acabado. Desde luego, tiene material para escribir varios capítulos de un nuevo ‘Manual de Resistencia’. Eso sí, Sánchez se encuentra con que será más difícil que nunca reeditar la coalición Frankenstein. Esta vez la novedad es que la estabilidad de España dependerá de Carles Puigdemont, una persona buscada por la justicia precisamente por atentar contra la estabilidad de España.

Por su parte, Alberto Núñez Feijóo se encuentra en una posición delicada. Recordemos que hace no tanto tiempo, el PP sacaba su peor resultado histórico con sesenta y seis escaños, además de perder gran parte de su poder autonómico y municipal que, con una crisis interna de por medio, costó la cabeza de su anterior líder. Hoy, ese mismo partido es la fuerza más votada y ha conseguido el gobierno de la mayoría de Comunidades Autónomas y capitales de provincia. Sin embargo, la aritmética parlamentaria hace prácticamente imposible un gobierno de Feijóo y, como resultado, deja a un PP desmoralizado con un liderazgo más débil del que corresponde.

A pesar de que estas elecciones no han dejado ningún ganador claro, sí han confirmado un cambio de ciclo enterrando a aquellos que después del 15M vinieron ondeando la bandera de la ‘Nueva Política’ y convirtieron España en un país multipartidista. De esos partidos, Ciudadanos ni siquiera concurría en estos comicios debido a su debilidad orgánica y electoral, mientras que Podemos ha quedado diluido en una marca rosa del PSOE, convenientemente ideada para domesticar a todo el espacio a su izquierda. Ahora volvemos a la hegemonía del PP y el PSOE de siempre, aunque con algunos matices. Las fuerzas tradicionales del bipartidismo vienen con sus respectivos vagones de cola en los extremos izquierdo y derecho, haciendo que todas las fórmulas de gobierno pasen imprescindiblemente por pactar con Sumar o con Vox y, como ya es habitual, con los partidos nacionalistas.

Estas fórmulas hacen imposible que en España se haga una política real, como ya hemos visto. Los extremos se basan en consignas populistas vacías, y mientras deberíamos estar hablando de economía, política exterior, seguridad o asuntos sociales, estamos hablando de quitar banderas arcoíris o crear teléfonos para ‘hombres en crisis’. Los nacionalistas, por la parte que les toca, ya llevan décadas convirtiendo el Congreso de los Diputados en un cortijo para conseguir privilegios económicos, políticos o personales, cuando no piden cesiones más preocupantes. En definitiva, el panorama actual es deprimente para la regeneración democrática, la libertad, la igualdad y la unidad de los españoles.

Precisamente por este contexto, no nos podemos permitir caer en el error de la equidistancia. Desgraciadamente seguimos gobernados por un presidente que está ejecutando un plan a largo plazo para mantenerse en el poder. Parece que el miedo a Vox ha bastado para movilizar a la izquierda, olvidando las mil y una infamias de Pedro Sánchez, desde la parasitación de las instituciones hasta la reforma del Código Penal por chantaje de unos golpistas indultados, pasando por la degradación del Congreso a base de decretazo, los bandazos en política exterior respecto al Sáhara o los parches económicos traducidos en una deuda que nos está condenando a los jóvenes a la ruina. Veremos si Pedro Sánchez es capaz de seguir ejecutando su plan. Claro está que hará todo lo posible. A su favor tiene las instituciones que ya ha logrado controlar, pero juega con la mayoría absoluta del Senado en su contra y con prácticamente todos los gobiernos autonómicos en manos del Partido Popular. Eso sí, tener a Vox como parte imprescindible de la alternativa garantiza a Sánchez una pinza que probablemente le mantenga en la Moncloa durante mucho tiempo.

Sin embargo, lo peor del momento actual es que, mientras los españoles observamos este escenario, tenemos una sociedad agotada de nuestros políticos. La sensación es que cada día la gente está más desconectada de lo que sucede en nuestro país. Los constantes escándalos, la corrupción y los debates estériles que muchas veces vemos en los medios ya no producen indignación en la ciudadanía, sino hartazgo. Esto viene en gran parte motivado por la decepción que han supuesto los partidos nuevos que decían venir a regenerar la política, que han cavado su propia tumba al abandonar su espíritu de cambio y frescura para aislarse en sus despachos y direcciones, dejando de hablar de los problemas de la ciudadanía y estancándose en sus conflictos internos.

Aunque este panorama puede ser desesperanzador, lo peor que podemos hacer es caer en el pesimismo. Depende de todos los ciudadanos que vemos con preocupación el escenario político construir una alternativa. En las últimas elecciones muchos nos hemos quedado sin opción electoral, y no nos conformamos a que esta situación se mantenga. Hemos de tener claro que nadie va a dar el paso por nosotros para construir un proyecto regenerador, que hable de temas que han quedado huérfanos como la lucha por la independencia judicial, la regulación de la gestación subrogada, convertir la educación en una política de Estado, la reforma del sistema de pensiones o la defensa de autónomos y emprendedores. Somos nosotros los que debemos organizarnos de una forma seria y sensata para recuperar la ilusión por la política. España lo merece, y en nuestra mano está.


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