Logotipo Podemos | Thierry Ehrmann/Flickr
Logotipo Podemos | Thierry Ehrmann/Flickr

El delirio de la extrema izquierda

"A pesar de que este escenario pueda parecer alarmista por el profundo blanqueamiento que hay en España de ideologías tan reaccionarias, esto no es un fenómeno aislado"

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Ayer las redes sociales nos deleitaban con una perla de las que solo vemos en Twitter. Laura Arroyo, asesora de Podemos en el Congreso, nos relataba la traumática experiencia de haberse visto obligada a coincidir en un ascensor con Santiago Abascal, Iván Espinosa y otros dirigentes de Vox. Desde el victimismo enfatizaba el miedo que sienten las diputadas de la formación morada desde que “la extrema derecha” tiene presencia en la Cámara Baja, y alude a las “técnicas de defensa” (signifique lo que signifique eso) que han tenido que desarrollar en situaciones tan duras y violentas como, insisto, subir en un ascensor. Pues bien, esta narración digna de la sobremesa más surrealista del mundo nos enseña que los límites de la imaginación de la extrema izquierda no conocen fronteras.

La Constitución del 78 es franquista, Otegi es un hombre de Estado, las familias españolas están asoladas por el machismo, la homofobia y el racismo y nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, nuestra judicatura, ejército e instituciones son nidos plagados de fascistas afines a “la derecha política, mediática y judicial”. Este es el credo básico de la extrema izquierda que se ha revestido de rosa en Sumar en torno a Yolanda Díaz, ahora con extra de purpurina y vídeos de gatos en TikTok. En principio esta ficción nos debería dar igual, ya que ninguna persona con un mínimo sentido de la realidad puede darle credibilidad. No obstante, parece que el rebranding del Partido Comunista será de nuevo la llave de Pedro Sánchez para gobernar, escondiendo bajo arcoíris de corrección política y sonrisas un proyecto mucho más oscuro de desmantelamiento del Estado constitucional.

Este “todo vale” tiene implicaciones políticas peligrosas para nuestros sistemas democráticos liberales

Es fácil para las generaciones más jóvenes sentirse atraídas a primera vista por el engaño de la extrema izquierda, ya que se le da muy bien ponerse la piel de cordero haciendo de defensores causas percibidas como progresistas, ya sea el feminismo, el movimiento LGTBI o el ecologismo para mostrarse como defensores a ultranza de la corrección política. Utilizan su gran red cultural en las redes sociales, las universidades, las asociaciones o la televisión para presentarse como “los buenos de la película” y etiquetar al discrepante como un peligroso fascista contrario a los derechos humanos y la igualdad, independientemente de sus ideas. Aquí lo importante para ellos no es la defensa de ninguna minoría, sino imponer su superioridad moral y deshumanizar al contrario de cualquier manera posible. El disidente es fascista, y frente al fascista, todo vale, esa es la gran premisa que sostiene este culto posmoderno.

Este “todo vale” tiene implicaciones políticas peligrosas para nuestros sistemas democráticos liberales. Ya es grave de por sí la ruptura de la convivencia que supone, recordemos a Alejandra Jacinto haciéndole un escrache a una Begoña Villacís embarazada de nueve meses, las amenazas de muerte a Isabel Díaz Ayuso en cualquier manifestación de izquierdas o los numerosos escraches a políticos como Macarena Olona, Cayetana Álvarez de Toledo, Santiago Abascal o Rocío de Meer. No obstante, el sectarismo de la izquierda trasciende el nivel individual y afecta al conjunto de nuestra sociedad basada en el Estado de Derecho, la democracia representativa y las libertades individuales. La célula cancerígena radica en la idea de que “el fin justifica los medios”, y en un concepto pervertido de la democracia donde “el pueblo” está por encima de todo. La extrema izquierda se considera mesías y representante de un supuesto sentir del pueblo, por lo que tienen una legitimidad para romper cualquier límite democrático. En nombre de “el pueblo”, la Constitución puede convertirse en papel mojado, prescindiendo de los contrapesos del Estado al poder del gobierno y amenazando los derechos y libertades de los ciudadanos. Para ellos y para sus seguidores, todo está justificado, ya que representarían una voluntad de emancipación popular que están llamados a ejecutar, y la oposición es un elemento a eliminar. El resultado, la democracia liberal muere convertida en un espectáculo de demagogia y populismo.

A pesar de que este escenario pueda parecer alarmista por el profundo blanqueamiento que hay en España de ideologías tan reaccionarias, esto no es un fenómeno aislado. A nivel internacional tenemos el ejemplo más claro en los populismos latinoamericanos del Foro de São Paulo y en el Grupo de Puebla, con el cuidadoso sello de Zapatero como padrino y mentor de un círculo vicioso totalitario. Los referentes inconfesables son los gobiernos de Venezuela, Cuba o Nicaragua, erigidos sobre la misma ideología que, con algo más de purpurina, tratan de imponer una falsa superioridad moral en la cultura española, desde profesores universitarios a programas de prensa rosa. Nuestras últimas Elecciones Generales se han entendido como un péndulo de filias y fobias hacia los extremos del espectro político, y quien agitase más el miedo al bando contrario tenía las de ganar. En esta ocasión, parece que el miedo a la extrema izquierda no ha pesado tanto como el miedo a su contraparte identitaria y populista de Vox. No obstante, nos mantendremos vigilantes con el delirio de la extrema izquierda.


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