El señor Pere Aragonés tiene un plan. Yo tengo otro

A los planes se les puede aplicar aquello que decía Harry el sucio respecto a las opiniones: todos tenemos un plan de la misma forma que todos tenemos un culo.

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Recientemente hemos conocido el plan de Pere Aragonés. Nada nuevo bajo el sol. La misma matraca de siempre. El plan del molt honorable consiste, seguro que ya lo habrán adivinado, en que los catalanes (sólo ellos) decidan, a través de un referéndum, cuál de estas dos alternativas (excluyentes y antagónicas) prefieren: la independencia o seguir formando parte de España. Esto es, propone una consulta mediante la cual los catalanes puedan romper (de un día para otro y de una sola tacada) tanto pacto de convivencia acordado de forma muy mayoritaria por el pueblo español (la Constitución) como una de las principales naciones de Europa, con una historia fecunda y centenaria (España). Esto es, propone que los españoles (no sólo los catalanes) nos introduzcamos en la máquina del tiempo y nos enfanguemos de nuevo en el lodazal hediondo de la confrontación fratricida. Un planazo.

Para los que queremos que Cataluña siga siendo Cataluña, y no pase a ser la República Independiente de Cataluña, cualquiera de los dos posibles resultados de ese hipotético referéndum sería malo. Bueno, en realidad, un resultado sería malo y el otro sería peor. El resultado peor sería, obviamente, que los independentistas ganaran. ¿Y por qué sería malo que los españolistas (llamémosles así) ganaran? Pues porque se habría abierto la puerta al, así llamado, derecho de autodeterminación, y, por tanto, su victoria sería siempre una victoria provisional. Tarde o temprano, en diez o veinte años, los independentistas volverían a las andadas. Y así una y otra vez hasta conseguir su objetivo.

Frecuentemente se escuchan cosas como ésta: “Yo tampoco estoy de acuerdo con los indultos, ni con eliminar la sedición del código penal, ni con la amnistía, ni con todas estas cosas, pero ¿qué alternativa propondría usted? ¿qué otra cosa se puede hacer para pacificar Cataluña?”  Y yo siempre pienso (a veces no digo nada, que el clima está muy enrarecido): “¿Qué tal si probáramos con que se cumpliera la ley?”. Pienso, por ejemplo, que ha sido un error mayúsculo ponerle la alfombra roja a Puigdemont (haciendo caso omiso a la justicia española) para que volviera a Cataluña con todos los honores. Un personaje marginal e intrascendente ha pasado a ser, por obra y gracia de la amnistía, un agente político de la máxima importancia, con capacidad y voluntad (según se desprende de sus propias declaraciones) de hacer el mayor daño posible a la convivencia entre españoles.  

El cumplimiento de la ley resulta, por tanto, de crucial importancia para que los pueblos convivan de forma pacífica y armoniosa. Pero hay que reconocer que, por las razones que sean (razones muy complejas que no es el momento de analizar), hace ya bastante tiempo que el movimiento independentista catalán es muy vigoroso. Sus partidarios rondan el 50% de la población (y de los votos). Ésa es una realidad que está ahí y con la que (nos guste o no) tenemos que lidiar. Y es bueno hacer frente a los hechos y no esconder la cabeza como los avestruces. No creo que sea válida la solución propuesta por el maestro Ortega al problema catalán, que no es otra que la “conllevancia”, esto es, que sigamos aguantándonos los unos a los otros de la mejor forma posible, con mucha calma y mucha resignación. Creo que, por el contrario, habría que ser atrevidos y afrontar el problema de cara, si no queremos entrar en el bucle infinito y melancólico de las reclamaciones y las revueltas.          

Mi plan (yo también tengo uno) sería realizar un referéndum pactado, pero con unas características muy concretas. El principal problema que plantea un referéndum consiste en que muchos de los catalanes que no aceptarían una Cataluña independiente tampoco estarán dispuestos a aceptar que Cataluña sea un sujeto político con capacidad de decidir si es o no un estado independiente. En otras palabras, la línea que separa el derecho a la independencia y el derecho a la autodeterminación es mínima, si es que existe. Así, pues, existirá un buen número de catalanes que no irá nunca a votar en este tipo de referéndums, para no avalarlo con su voto. Una forma de tenerlos en cuenta, quizá la única forma de tenerlos en cuenta, consiste en considerar las abstenciones como votos negativos. En este sentido, propongo la realización de un referéndum en el que la cota del 50% necesaria para la independencia se establezca no sobre el número de votantes, como es regla general, sino sobre el censo electoral. Esto endurecería notablemente los requisitos para la independencia, pero sería una forma de conciliar dos posturas aparentemente irreconciliables: la de los independentistas y la de los no independentistas. Por ejemplo, si el censo electoral son 6 millones, pero sólo votan 4 millones, el grado de aceptación de la independencia no se mediría en relación con los 4 millones (esto es, la mayoría requerida no serían 2 millones) sino en relación con los 6 millones (la mayoría requerida sería 3 millones -lo que supone una aceptación del 75% de los votantes-).

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