De paz civil y páginas negras

"La balanza debe estar completamente equilibrada, nadie puede modificar los pesos y medidas, ello alteraría el castigo, monopolizado por el Estado y no su inquilino".

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Corre el minutero mientras, recostado en el asiento tras intensas horas moviendo ágilmente los dedos sobre un teclado, el aspirante toma notas de forma analógica, bolígrafo sobre folio. El humanismo cívico resuena por el aula, Cicerón se abre paso en la mente del joven estudiante, que apenas tiene unas nociones básicas sobre el Renacimiento. Reflexiona, así, sobre la defensa del bien común, tarea del gobierno republicano—no el plurinacional, sino un concepto más ‘retro’— e inalcanzable a través de cualquier vía diferente a la paz civil.

Los humanistas lo tenían muy claro, se debe obrar en interés del ciudadano, de todos los ciudadanos, pues lo contrario provocaría la discordia civil, la sedición. Para ello, se debe velar por el cuerpo de la República, los ciudadanos deben servirse unos a otros, poner como communes utilitates aquello que les concierne. La única forma de mantener dicha estructura es, como condición sine qua non, olvidando el propio provecho y centrándose en aquello que atañe a todos, sin exclusiones, sin requisitos. Con Justicia, existe la concordia, la verdadera, no esa abstracción denostada por aquellos que esgrimen el diálogo como arma y no herramienta para lograr la cohesión, otro término privado de sentido, razón. La paz civil no es posible sin comunión, mucho menos sin Justicia, empero ciertas páginas negras deben ser arrancadas de un tomo chamuscado, pues las cenizas deben desecharse, y no tratar de crear nuevos focos a partir de ellas.

La balanza debe estar completamente equilibrada, nadie puede modificar los pesos y medidas, ello alteraría el castigo, monopolizado por el Estado y no su inquilino.

Ergo, la pregunta sería, ¿cómo se llega a ese buen gobierno? Recapitulando, se debe alcanzar un consenso basado en la idea de justicia, la fortaleza y templanza, la búsqueda del bien común, la sabiduría como forma de gobernar y, evidentemente, dar a cada uno lo que le pertenece. Esto último es, pues, el eje de la cuestión. La balanza debe estar completamente equilibrada, nadie puede modificar los pesos y medidas, ello alteraría el castigo, monopolizado por el Estado y no su inquilino. El cielo y el infierno son muy lejanos, inexistentes para muchos, por ello debe existir la gratificación y la sanción desde lo civil, como único modo de mantener los valores que caracterizan al ciudadano.

La Alegoría del Buen Gobierno de Lorenzetti, que corona estas líneas, es cristalina al respecto: la Justicia necesita un estado de serenidad, sosiego, que le permita obrar sin injerencias, pues lo contrario no sería otra cosa que la tiranía, el gobierno de los intereses propios. En su contraparte, por ende, la Justicia está maniatada, humillada ante la avaritia, la superbia y la proditio del mal gobernante, que ignora o es indolente de la consecuencia prístina de sus actos, la sedición, la discordia, la guerra. El buen gobernante se ocupará de todos los concitoyentes para evitar la destrucción de la república; el tirano, de las pasiones de quienes le aúpan en el poder, aunque suponga la destrucción de los pilares que incluso a él sustentan.

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