Los topónimos no son buenos ni malos, sino riqueza cultural

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María-Teresa Cáceres-Lorenzo, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Marcos Salas Pascual, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Para el Diccionario de la Lengua Española, un topónimo es sucintamente un nombre propio de lugar. A pesar de la cortedad de esta definición todos sabemos que el nombre de un río, una ciudad o una montaña son mucho más que eso.

En los topónimos se vislumbra una historia, información útil para muchas ciencias (botánica, demografía, etnografía, geografía, filología, etc.), pero sobre todo son parte de la vida y la cultura de las personas de cada entorno, y por tanto son generadores de sentimientos y expresión de un vínculo cultural.

La relación entre los pobladores de un territorio y el propio territorio se encauza a través de los topónimos, y estos se crean utilizando la lengua hablada en la zona. Por ello, en zonas bilingües pueden existir dos posibles registros toponímicos diferentes en los dos idiomas que conviven.

Para qué se crean los topónimos

Desde el punto de vista histórico, los topónimos han servido para designar puntos geográficos (aldeas, cañadas, ciudades, montañas, ríos, sierras, etc.) y utilizar estas designaciones a la hora de elaborar cartografía, repartir y registrar terrenos, levantar lindes, ser protagonistas de una canción tradicional, etc. De ahí la importancia de que un topónimo cumpla bien con su misión y no produzca confusión.

Un topónimo no es una cuestión caprichosa o fácilmente cambiante: tiene una función vital entre la sociedad que los usa, y refleja su lengua y su cultura heredada y compartida. Y en esta necesidad de ser entendidos por los pobladores del territorio cobra un especial valor el hecho de que el topónimo se cree y se use en la lengua que hablan los habitantes del lugar.

Pérdida de sentido

Los idiomas cambian; evolucionan mucho más rápidamente que los topónimos, que, por su función de servir de punto de referencia, son mucho más estables y permanecen fijos durante siglos.

Los habitantes del lugar pueden dejar de entender lo que significan, pero no dejarán de usarlos. Así se emplean en España topónimos de origen árabe, celta, íbero, latín, etc. sin saber lo que significan realmente. Han perdido su significado literal y ya solo tienen sentido toponímico. Es el caso de Alcalá, topónimo de origen árabe que significa ‘castillo’, o de Cáceres, derivado del latín Castra Caesaria, ‘campamento del César’.

En los topónimos más recientes, creados en lenguas que todavía están en uso, es tradicional que se acomoden a la lengua de cada hablante. De esta manera llamamos Países Bajos a Nederland, Nueva York a New York, etc. Entre los de significado desconocido, también es habitual que ocurra el mismo proceso. De esta manera la capital de Inglaterra se llama London, y los hablantes de español, catalán, gallego o vasco, la llamamos Londres.

¿Hay una lengua correcta?

Esta tradición lingüística viene reflejada en los textos normativos, como el Diccionario Panhispánico de Dudas, donde se dice:

“En el tratamiento de los topónimos se han conjugado, equilibradamente, los siguientes criterios: transcripción y adaptación de acuerdo con las normas ortográficas del español (hispanización); aceptación de grafías no adaptadas o semiadaptadas, pero asentadas en el uso; y reconocimiento de los cambios de denominación oficial, sin renunciar, cuando existen, a las formas tradicionales plenamente vigentes”.

Todo esto resuelve el problema del uso en español de topónimos formados en otras lenguas.

Nombres oficiales

Además, para evitar confusiones y resolver problemas históricos, el Estado español y algunas autonomías han legislado sobre el asunto, y existen varias localidades para las que las Cortes Españolas aprobaron un nombre oficial: A Coruña, Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Girona, Illes Balears, Lleida, Ourense y las denominaciones bilingües de Alicante/Alacant, Castellón/Castelló y Valencia/València.

En el Registro de Entidades Locales se señalan muchas otras entidades que han cambiado de nombre sin el trámite parlamentario.

Otros ejemplos

¿Es esta necesidad de legislar sobre la toponimia una cuestión extraña en nuestro entorno europeo? No. En 2020, Holanda decidió que en el extranjero se le conociese como Países Bajos, Nederland, ya que Holanda es solo una porción de toda la nación. Chequia también legisló para dejar de llamarse República Checa.

Autonómicamente, Galicia e Islas Baleares indican que sus topónimos tendrán como única forma oficial la gallega y catalana, respectivamente. Y en el País Vasco se resuelve que esta toponimia será establecida por el Gobierno Autonómico, “respetando la originalidad euskaldún, romance o castellana, con la grafía académica propia de cada lengua”.

Esta legislación responde a la necesidad de preservar la riqueza cultural y lingüística del Estado español, y evitar las posibles confusiones que pudiesen originarse en documentos administrativos o legales. Era necesario asegurar un código compartido que preserve la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación.

En las sociedades bilingües es especialmente importante conseguir un repertorio toponímico consensuado que permita la principal función de los topónimos, su uso como nombres propios de lugares.

Uso personal

Desde el punto de vista normativo, la cosa está clara. Pero como apuntamos en un principio, los nombres de los lugares donde vivimos, donde hemos nacido, son parte esencial de la vida de cada uno, y por tanto mucho más que una ley o una norma lingüística.

Cada uno usará el topónimo que ha empleado toda su vida, el que usan sus seres queridos, y en la lengua que hable con ellos. Pero la cartelería de carreteras, los documentos oficiales, etc., como ya se ha visto, tiene unas normas que todos debemos cumplir, o cambiar, si la mayoría lo cree conveniente.

Castellanizar, no traducir

En el caso de topónimos como Sanxenxo, en Galicia, o La Vila Joiosa en la Comunidad Valenciana, además, existe una diferencia entre usar su versión en castellano o traducirlos.

Los nombres oficiales de estos dos municipios, según el Registro de Entidades Locales, son Sanxenxo, para el pontevedrés, y La Vila Joiosa/Villajoyosa, para el municipio alicantino. Ambos están escritos en la lengua vernácula de la mayor parte de los pobladores de las zonas, el gallego y el valenciano/catalán.

La versión castellana cambia simplemente su ortografía (Sangenjo, Villajoyosa), perdiéndose en español su significado literal y cultural. Como ellos, muchos otros términos gallegos o valencianos se emplean con fonética y escritura castellana.

Pero no se traducen. Nunca han existido San Ginés o la Villa Alegre como topónimos, cosa que sí ocurre con Londres, Nueva York, Países Bajos, etc. Así que en ambos casos solo existe una forma de denominar a estos enclaves, la gallega y la valenciana, castellanizada o no.

María-Teresa Cáceres-Lorenzo, Profesora e investigadora de la ULPGC, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Marcos Salas Pascual, Investigador asociado al Instituto de Estudios Ambientales y Recursos Naturales, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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