El asteroide 2024 BX1 se desintegró ayer sobre Alemania, y vendrán más

Posiblemente el mejor ejemplo de ese tipo de encuentros imprevistos sería el impacto con un asteroide de unos veinte metros que produjo de manera inesperada la caída de Cheliábinsk en Rusia el 15 de febrero de 2013.

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Josep M. Trigo Rodríguez, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

Cada vez se hará más común el descubrimiento de pequeños asteroides, con un tamaño de pocos metros, en una ruta directa de colisión con la Tierra. Este fin de semana tuvo lugar el octavo evento de este tipo desde 2008. Aun siendo pequeños asteroides sorprende que, a las pocas horas de ser detectados, choquen contra la atmósfera, generando enormes bolas de fuego y gran estruendo.

Así ocurrió este domingo con la brusca entrada sobre Alemania, a las 1:32:42 CET (hora central europea), del asteroide catalogado como 2024 BX1. Y habrá que irse acostumbrando, porque habrá más. Como ejemplo, hace menos de un año de la caída del asteroide 2023 CX1 en Normandía, Francia.

Lluvias, literalmente, de meteoritos

A pesar de que encontrar un asteroide en ruta directa de colisión pueda poner los pelos de punta, no son malas noticias. Sabemos a ciencia cierta que la atmósfera es un escudo eficiente para esos cuerpos de tamaño métrico, mayoritariamente rocosos, que son fragmentados y no suponen un peligro directo para la población.

De hecho, rocas de pocos metros suelen producir lluvias de meteoritos; no las que estamos acostumbrados a ver como estrellas fugaces, sino de rocas que alcanzan la superficie terrestre y cuya recuperación arroja valiosa información sobre el origen e historia de esos asteroides.

Estas rocas que surcan el espacio interplanetario alcanzan la Tierra a hipervelocidad, con velocidades de entre 11 y 72 km/s. Al hacerlo chocan con las capas de aire y los átomos calientan la superficie del meteoroide hasta que se encuentra incandescente, fundiéndose y evaporándose la mayor parte de su masa. Fruto de ese proceso, llamado ablación, se deceleran y fragmentan hasta que dejan de ser un peligro. Así, producen enormes bolas de fuego detectables desde casi 1 000 km de distancia.

Este tipo de eventos concentran los esfuerzos de la Red Española de Investigación sobre Bólidos y Meteoritos del CSIC, que mantiene un listado actualizado diariamente desde el Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC) con aquellos que ocurren sobre España y países limítrofes. Se trata de un proyecto de colaboración profesional y amateur reconocido por la Unión Astronómica Internacional.

Buenas noticias para la detección de asteroides

La detección de esos pequeños asteroides denota la buena labor profesional-aficionado de la comunidad astronómica. Una compleja red de observatorios profesionales y aficionados está muy pendiente del descubrimiento de nuevos asteroides. El caso que acabamos de vivir este pasado fin de semana con el asteroide 2024 BX1 lo ejemplifica a la perfección.

El célebre astrónomo húngaro Krisztián Sarneczky descubrió el asteroide desde el Observatorio de Piszkesteto (K88), en Hungría, y rápidamente informó al Centro de Cuerpos Menores (Minor Planet Center, MPC), proporcionando una precisa medida astrométrica de su movimiento entre las estrellas.

En sólo dos horas y media, cerca de 180 observatorios participaron en el seguimiento del objeto cuya órbita indicó enseguida un impacto directo contra la Tierra. Los astrónomos Marco Micheli (ESA) y Toni Santana-Ros (Universidad de Alicante) también tomaron imágenes desde España, concretamente desde el Observatorio de Tenerife (Z31). También las redes automatizadas con cámaras de todo el cielo como FRIPON o Allsky7 pudieron detectar la bola de fuego.

Esos casos de descubrimiento en una ruta directa de colisión contra la Tierra revisten especial interés porque, además de conseguir el mayor número de observaciones astrométricas posibles para definir bien su órbita, permiten predecir con precisión el lugar de caída sobre la Tierra.

2024 BX1 fue identificado como un pequeño asteroide que no revertía riesgo para la población y esto hizo que el Centro de Estudio de Objetos Menores Próximos a la Tierra (CNEOS) del Jet Propulsion Laboratory no lo contemplase en su tabla Sentry de riesgo por impacto.

La Oficina de Defensa Planetaria de la Agencia Europea del Espacio (ESA) también proporciona información actualizada de los encuentros próximos con asteroides. Y hoy en día no conocemos ningún asteroide que suponga un peligro real en el futuro.

La cobertura todavía no es completa

Si bien se hace una labor encomiable en el seguimiento de asteroides, tanto por programas automatizados profesionales como por astrónomos aficionados, ciertamente estamos lejos de poder predecir los impactos de todos los asteroides pequeños. Obviamente los que más nos importan son aquellos que suponen un riesgo real, los que superan pocas decenas de metros en tamaño.

Posiblemente el mejor ejemplo de ese tipo de encuentros imprevistos sería el impacto con un asteroide de unos veinte metros que produjo de manera inesperada la caída de Cheliábinsk en Rusia el 15 de febrero de 2013. Un asteroide rocoso de esas dimensiones puede ser fuente de riesgo en función de la geometría y velocidad a la que alcance nuestro planeta. Tanto la onda de choque como la radiación lumínica de Cheliábinsk produjeron más de 1 500 heridos de diferente consideración.

Tal y como apuntaba en mi libro Asteroid Impact Risk, traducido al castellano como La Tierra en peligro, es fundamental para completar las detecciones que dispusiésemos de un programa de monitorización continuo desde el espacio. Una distribución adecuada de ese sistema de telescopios espaciales podría permitir controlar los cuerpos que nos alcanzan desde todas direcciones. Si particularmente trabajasen con cámaras sensibles a la banda infrarroja del espectro electromagnético, principal fuente de emisión de luz desde los asteroides, podríamos detectar muchísimos más y hacerlo con más tiempo de margen antes de alcanzar nuestro planeta.

Josep M. Trigo Rodríguez, Investigador Principal del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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